Observa, lector, a un niño. Se cubre los ojos con las manos y dice que no está.
Y obsérvate ahora a ti, lector, a ti que eres ya adulto. Te están poniendo una
inyección, algo poco doloroso, no obstante lo habitual es que vuelvas la cabeza,
que mitigues el dolor no mirando como la aguja entra en tu cuerpo. En ambos casos
es la técnica del avestruz. Si no veo no me ven y si no miro no siento. En definitiva,
lo que hacemos es obviar la información en el primer caso y retirar la comunicación
en el segundo.
Desde 1960, año en el que el neurobiólogo estadounidense Roger
W. Sperry -Premio Nobel de Fisiología y Medicina- publicó sus primeros estudios
en torno a lo que denominó el cerebro escindido todos sabemos ya que, generalizando,
nuestro cerebro se divide en dos hemisferios, el uno básicamente subjetivo y emocional
y el otro objetivo y causal. Y que esos dos hemisferios cerebrales están lateralizados.
O sea, prácticamente enfrentados entre sí. Y podemos añadir que esos dos hemisferios
-el derecho emocional y el izquierdo causal- no surgen al tiempo sino que hasta
los siete a doce años predomina el emocional y sólo después se muestra maduro
el hemisferio causal. De ahí que el niño, todavía en gran medida sometido al hemisferio
derecho -subjetivo, aún no enteramente controlado por un mundo externo- se cubra
los ojos y diga que no está, en tanto que el adulto -con su hemisferio cerebral
objetivo ya dominante- haga lo mismo pero no negándose a sí mismo sino intentando
ignorar la realidad externa. Son dos formas de procesar la información. Dos. Dos
formas de oscurecer su comunicación. Porque todo es información y comunicación.
También la enfermedad y las distintas formas médicas de enfrentarla.
La ciencia
médica oficial, que prescinde del hemisferio cerebral emotivo, es la ciencia médica
del hemisferio cerebral izquierdo: causal, dual. Es una medicina bélica. No sólo
oscurece la información sino que confundiendo la enfermedad con su somatización
-que es la forma en que la información se manifiesta, se comunica- destruye, extirpa
la somatización que no es la enfermedad. Es una medicina que intenta en todos
los casos -sea necesario o no- obtener la salud propia mediante la muerte del
otro sin comprender que el otro es también nosotros.
Y así, en general, actúa
nuestra ciencia médica oficial, en el vacío, sin escuchar al enfermo cuando el
enfermo es la enfermedad. Y cuando no hay ciencia integral donde no hay comunicación.
Porque no hay auténtica medicina donde el mensaje es destruir. De hecho, ni siquiera
hay ciencia. Nuestra ciencia no lo será hasta que comprendamos que todo es información
y que esa información generalizada, que es el reservorio que llamamos vida, tiene
su expresión en su comunicación. No destruyamos por sistema al otro, escuchémosle.
Porque escuchar al otro es escuchar uno de nuestros hemisferios cerebrales con
el otro. Es, en definitiva, escucharnos a nosotros mismos. No hay guerras entre
naciones o entre creencias distintas sino que hay guerras entre nuestros dos hemisferios
cerebrales. Y sincronizar, comunicar los dos hemisferios cerebrales -o sea, comprendernos
a nosotros mismos viéndonos sin esconder la mirada- es la única auténtica medicina,
la única auténtica ciencia.
No se trata, por tanto, de confundir la enfermedad
con su manifestación. Y no olvidemos, insisto, que todo está en la información
y en la forma en que esa información, que es nuestro yo, se comunica consigo misma.
No hay enfermedades ni nombres de enfermedades. Hay tan sólo enfermos. Seres dolientes
con su verdad sentida y su realidad objetiva. Y la salud es simplemente estar
armonizados. O sea, haber establecido una adecuada comunicación integral, una
comunicación sincronizada entre los dos hemisferios cerebrales. O, dicho de otra
manera, una comunicación en la que se posee, con discernimiento, toda la información
que una adecuada vida requiere. Si bien esa información debe ser veraz. O sea,
no estar intoxicada por lo que en Anatheóresis denomino una biografía oculta
gravemente dañada por los impactos traumáticos que hemos acumulado desde el cigoto
hasta los siete a doce años.
Naturalmente, a mayor globalidad consciente de
información y comunicación mayor expansión de conciencia lo que equivale a más
salud, a menos zonas oscuras.
¿Y qué ocurriría si llegáramos a establecer
una comunicación global? No sólo limitada a nuestra mente-cuerpo o a nuestra cultura
sino que integrara -sincronizara- todo el cosmos.
Creo recordar que fue Simak
quien en uno de sus relatos escribió -narro de memoria- que un día -en el año
3.000 de la Era Cristiana- todos los planetas poseían un ordenador que almacenaba
toda la información de cada uno de esos planetas. Una información integral: sentimientos,
emociones, acontecimientos, etc. Y llegó el día en que en uno de esos planetas
el sabio más sabio de las galaxias conectó todos esos ordenadores. O sea, puso
en comunicación toda la información del universo. Y entonces, hecha la conexión,
ese sabio formuló la pregunta que todos los seres inteligentes se seguían haciendo.
Y la pregunta fue:
-¿Existe Dios?
Y el ordenador central, el que poseía
toda la información, respondió:
-Ahora sí.
Joaquín Grau