|
|


| LOS
QUE SOBRAMOS |
Un muy antiguo adagio oriental
afirma que "la vida duerme en la piedra, sueña en
la planta, despierta en el animal y sabe que está despierta
en el hombre". Lo que ningún adagio oriental dice
-que yo sepa- es la razón de ese flujo vital que ha
llevado, de momento, a que una piedra se crea ya un
humano. O que un humano crea estar muy lejos de ser
una simple piedra.
Hasta ayer, yo -como tantos- me sentía propicio a opinar
que la mano que nos mueve -que consideramos invisible
y a la que damos el nombre de Dios- era, en efecto,
como afirma el adagio oriental, una mano tan invisible
como bien intencionada y que no buscaba otra finalidad
que abrirnos más y más nuestra capacidad intelectiva
hasta el punto de haber hecho un corazón de una piedra.
Pero ayer descubrí que no es así. Verán...
Ayer fui al aeropuerto. Se trataba de un vuelo corto.
Un simple ir a Barcelona. O sea, no salir de nuestras
fronteras. Aun así, en el control de equipaje el guardia
civil de turno encontró que en mi bolsa de aseo guardaba
una navaja multiuso de no más de cinco centímetros de
largo. Algo que no era realmente navaja sino poco más
que un cortauñas. Y ahí empezó mi despertar al auténtico
conocimiento del proceso evolutivo de la humanidad.
Porque el guardia que me abrió el equipaje, que desbarató
su contenido, que me llevó a vaciar y mostrar el contenido
de mis bolsillos, que me puso a un lado, después a otro,
luego inspeccionó la chaqueta y, finalmente, echó la
navajita en una urna de plástico transparente -que ya
estaba llena de terribles sacapuntas y demás objetos
similares- me dijo, ante mi protesta por su actitud,
que me fuera, que yo allí sobraba.
Aclaro, en defensa de tan cumplidor guardia, que mi
protesta fue, primero, señalar el pistolón que exhibía
colgando de la cintura y, segundo, expresar que teniendo
en cuenta esa arma y considerando que yo, potencialmente,
le suponía a él tan sospechoso como él me suponía a
mí, lo lógico era que también echara ese pistolón a
la urna. Pero no hubo manera, ganó él. Y quedó claro
que ganó por el simple hecho de que hay seres invisibles
que me consideran a mí un delincuente y a ese policía
no. Porque es de una claridad que deslumbra que si a
mí me consideraran una persona honrada y de buenas costumbres,
por lo menos me dejarían llevar -colgando de la cintura-
mi navajita cortauñas.
A partir de ese momento, aunque no asustado, yo, con
lo del cortauñas ya empecé a desconfiar, que siempre
hay que desconfiar de quien, con pistola o sin ella,
dice tratarnos mal por nuestro bien. Que a fin de cuentas
se trata de sospechar de nosotros para protegernos de
otros. De unos otros que, de momento, para él, y en
el aeropuerto, era yo.
Pero ya digo, de momento no me asusté. Luego ya sí,
un poco. Cuando la megafonía del aeropuerto repitió
una y otra vez que no quitáramos el ojo del equipaje,
que como se nos fuera la vista ¡zas!, equipaje que ha
volado. Porque, al parecer, aparte del guardia que se
quedó con mi cortauñas había otros -no sé cuantos ni
quiénes- que pretendían quedarse con el resto de mi
bolsa de aseo.
Y ya empecé a tener miedo. Y miraba a todos cuantos
pasaban -guardias incluidos, que a fin de cuentas eran
los que hasta ese momento me habían quitado algo- con
mirada atenta, casi estrábica de tan escrutadora.
Y así, estrábico, subí al avión cuando, al sentarme,
una azafata me exigió despojarme de todo cuanto no estuviera
en mis bolsillos. Y eso porque mi asiento estaba en
la fila 10, en la del Exit, y todo cuanto sobresaliera
de mí podía ser un problema en el caso de que una emergencia
obligara a los pasajeros a salir por allí, por encima
de mi asiento. O sea, que ahí me tienen ya, pegado a
la puerta del Exit y viéndome a mí mismo, con
mis setenta y cuatro años, secuestrando el avión con
mi navajita cortauñas.
Ciertamente, los invisibles que protegen a los guardianes
-la Iglesia los llamaba ángeles de la guarda- utilizaron
ese mi día de vuelo para recordarme que debía tener
miedo, incluso de mí mismo. Fue un día -como todos-
de terrores, terrorismo, terroristas... Pero yo, a pesar
de todo, recordaba que el único terrorismo sufrido era
la pérdida de mi cortauñas.
Y comprendí. O sea, me sigo explicando: eso de pasar
de piedra a humano por impulso divino puede ser, pero
sea o no divino el impulsado, el mecanismo es humano.
Nosotros, que fuimos piedra inerte ante cualquier agresión,
pasamos a planta en un intento por huir de nuestra inmovilidad
pétrea; y el mismo mecanismo movilizó a la planta ante
el temor que le provocaban sus pesadillas oníricas.
Y así la planta se fabricó unas patas. Y ya hecho saurio,
animal de sangre fría, con patas pero reducido a comer
o ser comido, a atacar o a huir, el miedo le llevó a
generar un cerebro límbico, afectivo, social, que permitió
al primer mono nocturno agruparse y defenderse en manada.
Con lo que ese dinosaurio que habíamos sido fue exterminado
porque sabido es que el mono unido jamás será vencido.
Pero en todo momento huyendo, buscando nuevas formas
de defendernos de los invisibles, generamos eso llamado
razonamiento y con el razonamiento creamos una Iglesia
con su Infierno y un Poder con sus mercenarios, pero
el razonamiento es dual y ha escindido nuestra percepción.
De manera que la piedra, el árbol y el animal que un
día fuimos han despertado y ahora hay un yo y un otro.
Y el enemigo con su infierno ha pasado a ser el otro.
Todo es ya el otro. Y el terror se ha hecho terror pánico.
Hasta el punto de que, ya en desbandada, todos nos estamos
segregando de la manada y, huyendo, buscamos ahora refugiarnos
en el claustro materno, ese refugio uterino en el que
el otro no existía. Por eso nos comunicamos desde el
útero, desde la distancia, con móviles, por eso nos
hablamos refugiados en el impersonal e-mail, por eso
nos protegemos tras la membrana uterina de la pantalla
de Internet. Motivados por un temor creciente nos vamos
alejando más y más unos de otros. Y justificamos esa
lejanía diciendo -eso sí, con la seriedad que le echan
los científicos a sus verdades- que hasta las galaxias
se distancian unas de otras. Y eso tras un Big Bang,
una gran explosión. O sea, a base de dinamita, como
los terroristas.
Y digo yo: si los invisibles fabrican misiles tierra-aire
para abatir aviones, misiles que otros invisibles pueden
comprar, ¿a que viene aterrorizarnos a nosotros por
una simple navajita cortauñas? ¿Y por qué somos nosotros
los que sobramos?
Joaquín
Grau
|
|
|
|
© 2006 DSALUD.COM Ediciones MK3
S.L. C/ Puerto de los Leones 2, 2ª Planta. Oficina 9, 28220 Majadahonda,
Madrid. TF:91 638 27 28. FAX:91 638 40 43. e-mail: mk3@dsalud.com
|
|
|
|