Tras una accidentada tramitación el Congreso de los Diputados aprobó en mayo pasado
la nueva Ley de Reproducción Asistida. Ya sabes, la de engendrar niños genéticamente
seleccionados con fines terapéuticos. Más concretamente y de momento con el fin
de resolver aquellas enfermedades sanguíneas que padezca un hermano. Se trata
de obtener un embrión mediante reproducción asistida. Detener el desarrollo de
ese embrión a los tres días. Se realiza una biopsia embrionaria y se determina
si ese embrión contiene el gen de la enfermedad. Eso permite desechar todo posible
gen sospechoso de anidar la enfermedad y, en consecuencia, poder implantar en
el útero de la madre tan sólo los sanos. Al nacer el bebé se le extrae sangre
del cordón umbilical y esa sangre, enriquecida en su concentración de células
madre, es la que se trasplanta al hermano enfermo. Lo que se ha hecho ya en el
Hospital San Pau de Barcelona.
Hasta aquí y así contado qué duda cabe de que
nos encontramos ante un muy loable logro de la ciencia. Una ciencia que a su logro
médico ha añadido la afirmación de que ese hermano medicamento, nacido para sanar
a su hermano enfermo, se sentirá muy feliz al saber que su nacimiento ha tenido
un fin tan elogiable como el de salvar una vida.
Anatheóresis, que
es una terapia perceptiva de liberación y que por ser liberadora es totalmente
permisiva, sabe, no obstante, que desde la concepción hasta un año o dos después
de haber nacido nuestros estadios de percepción -nuestra forma de vivenciar el
mundo- es totalmente subjetiva y emocional, incapaz de discernir por carecer de
los ritmos cerebrales de vigilia. Y que es casi totalmente emocional desde la
primera infancia, momento en que surgen esos ritmos de vigilia hasta los siete
a doce años en que se muestran ya maduros. De ahí que cuanto puede ser considerado
elogioso por esos ritmos de vigilia ya maduros en un adulto, como saber que ha
salvado la vida de su hermano, no tiene ningún sentido en esos primeros estadios
de percepción. Por el contrario, se sabe ya que venir al mundo como rueda de recambio
puede ser la mayor de las desdichas.
En la terapia
Anatheóresis se
ha comprobado que uno de los más graves problemas afectivos generadores de enfermedad
se da en aquellas personas que han sido engendradas tras la muerte de un hermano
o hermana y que lo han sido con el sentimiento más o menos claro por parte de
los padres de que se les trae a este mundo para sustituir al fallecido.
Y
esto es algo que ya antes de ser comprobado muchas personas presintieron. He aquí
el testimonio de
Ernesto Sábato, autor de una novela
-Sobre Héroes y
Tumbas- en la que manifiesta algunos de esos daños intrauterinos y en la infancia.
Unos daños que él ha sabido identificar. Y aclaro que Ernesto Sábato fue engendrado
cuando acababa de morir su hermano Ernesto. De manera que Ernesto Sábato nunca
ha existido porque su madre, en el transcurso de toda su vida, siguió llamando
Ernestito al muerto. Y éste era el que seguía viviendo. Y dice Sábato:
"Lo
que prueba que los años, las desdichas, lejos de facilitar el olvido, como se
suele creer, tristemente lo refuerzan". Y añade: "Tal vez fue esa memoria trágica
del útero lo que hizo de mi infancia un territorio del miedo, de insomnios y pavores,
alucinaciones, sonambulismo. Fui un niño solo y asustado. Aterrorizado por mi
padre y aislado en el cariño materno. Y sigo siendo un niño abandonado bajo el
peso de la angustia". Aun cuando un bebé medicamento no es exactamente
lo mismo que un bebé de repuesto, cualquier madre y padre saben sin haber tenido
que recurrir a los conocimientos perceptivos de
Anatheóresis que desde
el cigoto hasta la infancia su hijo percibe tan sólo emotivamente, que es incapaz
de razonar y, por tanto, de discernir, toda vez que no posee los ritmos cerebrales
maduros que esto requiere. Dicho de otra manera: todo bebé intrauterino es altamente
receptivo de los estados emocionales de la madre. ¿Y qué mensajes puede transmitir
una madre que es emotivamente consciente de que está anidando más un fármaco que
un bebé? Una madre que está más consciente emotivamente del bebé enfermo que no
del que básicamente siente va a ser su solución médica. Y ese bebé medicamento
ya en su infancia, sin ritmos de vigilia maduros, ese niño que no puede entender
que sea poco más que un medicamento, que lo único que anhela es sentirse amado,
ese niño que no puede dar un amor plenamente desinteresado porque todavía está
en la edad de recibirlo, ¿puede entender ese niño que él ha sido engendrado con
la finalidad básica de dar vida a su hermano?
La experiencia anatheorética
nos dice que ese niño llegará a la adolescencia con un yo altamente debilitado.
Con una baja autoestima porque, aun cuando ya adolescente pueda entender cuál
ha sido su aportación en favor de la vida de su hermano, la biografía personal
de su memoria oculta con la que ha conformado su yo, se cerró ya cuando contaba
de siete a doce años y por ello su paradigma personal se manifestará en todo momento
focalizado por esa minusvalía de autoestima que supone carecer de una vida propia.
De ser un simple proveedor de vida a su hermano.
¿Habremos destruido una vida
para salvar otra?
Anatheóresis es rigurosa científicamente pero por ser
una terapia liberadora es, asimismo, un canto de esperanza. Y opino, como creador
de la técnica terapéutica Anatheóresis, que los padres pueden resolver -¿o simplemente
paliar?- la baja estima de ese bebé medicamento con una adecuada forma de atenderle
afectivamente desde el momento de su concepción.
Anatheóresis sabe cómo
hacerlo. Y ese cómo hacerlo lo anticipó ya
Antonio Gamoneda, nuestro último
premio Cervantes: en su
Caigo sobre unas manos:"Cuando
no sabía aún que yo vivía en unas manos, ellas pasaban sobre mi rostro y mi
corazón. Yo sentía que la noche era dulce como una lecha silenciosa. Y
grande. Mucho más grande que mi vida. Madre: eran tus manos y la noche
juntas. Por eso aquella oscuridad me amaba. No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado, están las manos y la noche. A
veces, cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra y ya no puedo más y está
vacío el mundo, alguna vez sube el olvido aún al corazón. Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos..." |
Joaquín Grau