DISCOVERY DSALUD TELEVISIÓN
CONSEJO ASESOR DSALUD
 
     REPORTAJES
NÚMERO 139 / JUNIO / 2011
   LA GRAN IMPORTANCIA DEL YODO EN LA SALUD


El yodo es un mineral vital en el desarrollo neuronal del feto cuya carencia puede dar lugar a bocio simple, hipotiroidismo, piel y cabellos secos, sensibilidad al frío, palpitaciones cardíacas, baja actividad metabólica, obesidad y cretinismo además de poner a las mujeres en riesgo de desarrollar cáncer de mama. A fin de cuentas participa en la formación de hormonas tiroideas, está presente en la producción de energía corporal, participa en la síntesis del colesterol, mejora la agilidad mental, facilita la absorción de hidratos de carbono, ayuda a que el organismo queme el exceso de grasa y mantiene en buen estado las uñas, la piel, el pelo y los dientes. Conviene pues asegurarse de que no tenemos déficit del mismo… especialmente tras lo ocurrido con la central nuclear de Fukushima; pero tenga cuidado porque en exceso es negativo.

El bocio simple -patología muy frecuente en Europa hace apenas 100 años y aún inexplicablemente común en muchos lugares- es la típica “enfermedad carencial”, es decir, provocada por la falta de un nutriente específico en la dieta; en este caso, del yodo. Y al igual que en el resto de este tipo de “enfermedades” se cura simplemente agregando a la comida el nutriente del que se es deficitario o, en su defecto, ingiriéndolo en forma de pastilla o cápsula. Es decir, que así como para superar el escorbuto basta ingerir vitamina C, para evitar el raquitismo vitamina D, para tratar la pelagra vitamina B3 y para la anemia perniciosa ácido fólico y vitamina B12 en el caso del bocio simple bastaría en principio tomar yodo. Es más, aunque muchos médicos no acepten aún que la carencia de algunas sustancias fundamentales -como las vitaminas, los minerales, los aminoácidos, las enzimas o los ácidos grasos esenciales- puedan estar en el origen no sólo de las “enfermedades carenciales” sino de buena parte de las dolencias que azotan a la humanidad existen actualmente suficientes estudios que apoyan esta tesis. De hecho es lo que sustenta la Medicina Ortomolecular que replantea al género humano un viejo paradigma médico: curarse mediante la nutrición. Es decir, corregir el déficit del nutriente que ha provocado la aparición de la “enfermedad” en lugar de limitarse a paliar síntomas con sustancias químicas agresivas.
Pues bien, hoy se sabe que el yodo es un mineral esencial para el correcto funcionamiento de la tiroides y las glándulas mamarias así como para el desarrollo neuronal en el feto y durante la infancia además de participar en otros procesos. Y sin embargo su déficit está afectando a muchas personas -incluso en los países industrializados, incluyendo el nuestro-, especialmente a madres y niños. Una situación absurda porque su carencia pone en riesgo a las mujeres de desarrollar cáncer de mama y problemas neuronales a sus hijos si la carencia de yodo en su dieta es constante.

EL YODO EN LA NATURALEZA

El yodo es tan fundamental para la vida que se encuentra prácticamente en todos los seres vivos, desde las células más simples del fitoplancton marino hasta los organismos más complejos de la creación: los mamíferos. Teniendo en los vertebrados funciones importantes relacionadas con el metabolismo, la reproducción, el crecimiento y la temperatura corporal mientras en el caso de plantas, algas y organismos primitivos su función primordial es actuar como antioxidante y antimutagénico protegiendo de las radiaciones; en especial, de las ultravioletas.
El yodo se encuentra en la naturaleza bajo distintas formas: como yodo elemental o diyodo (I2), como ión yoduro (I-) formando sales inorgánicas -especialmente yoduros y yodatos de potasio y sodio-, como yodo formando moléculas orgánicas (como la triyodotironina o T3) y como yodo volátil o gaseoso en dos formas principales: diyodo gaseoso (I2) y metil-yoduro. Pues bien, es el “yodo gaseoso” -fundamentalmente generado por los organismos marinos- que se evapora a la atmósfera desde la superficie de los océanos y es transportado por los vientos hacia el interior de los continentes la fuente principal de yodo de las plantas. Luego, una vez en tierra, el yodo y el metil-yoduro gaseosos son asimilados por las plantas y desde ellas el yodo orgánico pasa -al ingerirlas- a los animales y a nosotros. La diferencia pues es que si bien en las algas y esponjas se encuentra como yodo elemental en la mayoría de las plantas y animales forma ya parte de moléculas orgánicas y es más fácilmente asimilable. En cuanto a los mamíferos en general –incluidos los humanos- el yodo suele asociarse a las hormonas tiroideas –en forma de aminoácidos yodados- aunque también hay una pequeña cantidad de yodo elemental circulando por la sangre.
Lo paradójico es que siendo un mineral imprescindible su distribución en el planeta no sea uniforme y haya zonas en las que casi no exista -es el caso de las regiones más alejadas de los océanos, especialmente las zonas montañosas- lo que lleva a quienes viven en ellas a no ingerir el mínimo necesario para mantener la salud. Aún más, está presente de forma amplia en las algas marinas, erizos, corales, mariscos y pescados pero en las plantas terrestres se halla hoy en tan escasa cantidad que es insuficiente para cubrir las necesidades mínimas del ser humano.
Y a este respecto hay que hacer una advertencia: cuando lea en una tabla la cantidad de yodo presente en un pescado entienda que se refiere al animal entero y que en él -al igual que en los humanos- está básicamente concentrado en su glándula tiroides; es decir, ¡en su cabeza! Por tanto quienes no se comen las cabezas de los pescados no ingieren la cantidad de yodo que se indica en las tablas. Si además se descuenta la parte de yodo que se encuentra en las entrañas del pescado y que normalmente tampoco se comen es fácil llegar a la conclusión de que el aporte de yodo que se obtiene ingiriendo pescado es muy pequeño (vea el recuadro).
A esto hay que agregar que mientras el yodo elemental (I2) se absorbe por vía digestiva y luego se difunde a través de la sangre los yoduros son difundidos directamente merced a unas proteínas que se encuentran principalmente en la mucosa gástrica y se conocen como NIS o “transportadoras de sodio-yodo”. Proteínas que llevan el 30% a la tiroides y el resto a las glándulas mamarias, la mucosa bucal, la mucosa gástrica, los ojos, las glándulas salivares, el timo, las glándulas adrenales, la epidermis, los ovarios y el cérvix o cuello uterino donde actúa como antioxidante al unirse en las membranas celulares a los ácidos grasos.
En el caso de la tiroides la proteína NIS lleva el yodo al líquido extracelular de las células foliculares donde éstas lo asimilan combinándolo con tirosina a fin de formar los precursores de las conocidas hormonas tiroxina (T4) y triyodotironina (T3).
Pero hoy sabemos que existen igualmente células receptoras de estas proteínas –las NIS- en otros tejidos sugiriendo que en ellos el yodo es por tanto igualmente necesario. Algo que resulta de vital importancia entender ya que la mayor parte de la investigación sobre el papel del yodo en el cuerpo humano se ha centrado en su función tiroidea conociéndose aún muy poco de su papel en otros órganos y glándulas.

EL YODO Y EL BOCIO

Por lo que se refiere al bocio el famoso Pen-Tsao Tsing (Tratado sobre Hierbas y Raíces) -redactado al parecer en el 2.700 AC- ya recomendaba tratarlo mediante la administración de cenizas de algas Sargassum. Método que debió ser eficaz pues hoy sabemos que en el siglo IV el médico chino Ke-Hung utilizaba algas a diferencia de los europeos que usaban aún cenizas aunque de esponjas -también ricas en yodo- y no de algas atendiendo las prescripciones de Galeno (siglo II).
Lo singular es que ya en el 300 AC la farmacopea china utilizaba extractos hidro-alcohólicos de algas para tratar el bocio. En cuanto al primero en utilizar directamente yodo en lugar de algas o cenizas de algas y esponjas fue el médico suizo J. F. Coindet en 1819 tras ser aislado por Courtois y Gay-Lussac ocho años antes: en 1811.
Bueno, pues hasta mediados del siglo XIX el bocio se siguió atribuyendo a todo tipo de causas. Paracelso había sostenido en el siglo XV que el bocio se debía a la ingesta de agua desprovista de algún nutriente, algunos que lo causaba la ingesta de aguas demasiado calcáreas, otros a beber aguas “descompuestas” que arrastraban sustancias mórbidas y, finalmente, en 1846, los italianos Prevost y Maffoni a la ingesta de aguas pobres en yodo.
Siendo en medio de tanta discusión cuando en 1833 un médico francés llamado Boussingault sugeriría que se añadiese sal de yodo a la sal común para que todo el mundo tuviese suficiente cantidad y erradicar así la enfermedad. Había nacido la sal yodada que hoy consume la mayoría de la población informada.
Obviamente hay países donde esta práctica no se implantó por no ser necesaria. Entre ellos Japón donde la ingesta de algas es habitual y apenas ha habido históricamente casos de bocio; de hecho aún en la actualidad el porcentaje de casos es bajísimo. No deja de ser un dato afortunado pues que el problema radiactivo actual provocado por la central de Fukushima –la contaminación puede prevenirse ingiriendo yodo- se haya dado en el seno de una población que no suele tener déficit de este mineral.
En cambio en las regiones de bocio endémico la enfermedad afecta incluso a los animales domésticos, especialmente a perros, cabras, ovejas, vacas, cerdos y caballos disminuyendo su vigor, volviéndoles poco fértiles, aumentando el número de abortos y malformaciones de nacimiento y disminuyendo la producción y calidad de la leche y la lana.

LA SOLUCIÓN DE LUGOL

Dicho esto no debemos olvidar mencionar la solución que para el bocio propuso en 1829 -cuatro años antes de la sugerencia de yodar la sal común– el médico francés J. G. A. Lugol: una solución hidro-alcohólica conteniendo un 5% de diyodo (I2) y un 10% de yoduro de potasio o yodo iónico que desde entonces se comercializa como Solución de Lugol. Lo singular es que si bien se diseñó para el tratamiento del bocio pronto comenzó a utilizarse también con éxito en casos de ántrax y de escrófula o linfadenitis, problema éste que provoca una infección -generalmente del bacilo de la tuberculosis- que da lugar a inflamación de los nódulos linfáticos del cuello. Es más, a principios del siglo XX se utilizó para tratar un gran número de enfermedades, especialmente las infecciosas y las relacionadas con el aparato respiratorio -como las bronquitis asmáticas, las enfermedades pulmonares crónicas, el enfisema y el EPOC- si bien su uso destacado fue siempre contra el bocio, tanto el provocado por hipotiroidismo como el generado por hipertiroidismo. A modo de ejemplo de los múltiples usos de la Solución de Lugol cabe citar el artículo publicado en el British Medical Journal en 1913 por el médico P. W. Bedford en relación a su empleo para la cura del lupus.
Por su parte, a principios del siglo XX otros médicos comenzaron a utilizar yoduro potásico en lugar de -o concomitantemente- la Solución de Lugol resultando igualmente eficaz en distintas enfermedades dermatológicas e infecciones fúngicas. Y de hecho el yoduro potásico sigue utilizándose hoy para el tratamiento de muchas dermatosis inflamatorias –como la llamada Enfermedad de Behcet, el eritema nodoso y otras- con dosis terapéuticas de varios cientos de miligramos al día hasta la remisión de la enfermedad.
Lamentablemente hacia 1950 tanto la Solución de Lugol como el yoduro potásico se fueron abandonando al imponerse los tratamientos a base de extractos de tiroides y hormonas sintéticas que los laboratorios farmacéuticos fueron imponiendo por intermediación de la clase médica. Algo similar a lo que ocurrió con el Betadine (yoduro de povidona) que reemplazó para aplicarse en la piel a la bicentenaria tintura de yodo -solución antiséptica, antiviral y antifúngica que contenía yodo molecular y yoduro de potasio en etanol- con el “argumento” de que el nuevo fármaco libera el yodo de forma más lenta.
El abandono de la Solución de Lugol en el tratamiento de las patologías tiroideas y su progresivo reemplazo por las hormonas de biosíntesis llegó a tal punto que la tiroxina se colocó entre las medicinas más recetadas de occidente reportando un gran beneficio económico a los laboratorios farmacéuticos. Y a los pacientes hipotiroideos se sumaron aquellos a los que se les destruyó la tiroides por tiroidectomía transformándolos en personas dependientes de la hormona de por vida.

LA ADICIÓN DE YODO A LA SAL

En todo caso la práctica de agregar yoduros a la sal destinada al consumo humano no empezó a hacerse en Estados Unidos y muchos de los países europeos hasta 1900 pero el efecto –según los datos de las estadísticas epidemiológicas sobre bocio y otras patologías tiroideas- fue notable. En el estado norteamericano de Michigan por ejemplo los casos de bocio pasaron en cinco años del 38,6% al 9%. Y en Suiza del 12% en 1905 al 0,1% en 1947. A pesar de lo cual la complementación de yodo con la dieta habitual mediante el consumo de sal yodada -u otros sistemas como el de agregar sales de yodo al pan o al chocolate- no se universalizaría. Es más, en algunas culturas hubo resistencia a hacerlo debido a que se pretendía reemplazar la sal de producción local y tradicional con sal importada o proveniente de industrias no artesanales.
En suma, evitar el bocio es sencillo pero lo cierto es que hoy afecta a millones de personas en todo el mundo. Aunque más grave aún son las consecuencias de su carencia en la capacidad cognitiva e intelectual ya que su carencia también puede provocar cretinismo.

SORDOMUDEZ Y CRETINISMO

En distintas regiones de Alemania, Francia, Suiza, España y otros muchos países afectados por el bocio endémico -hay lugares en los que la enfermedad llegó a alcanzar a casi toda la población como fue el caso de muchos valles suizos o de las Hurdes en España- la tumefacción de la glándula tiroides llegó al extremo de dificultar la respiración de los aquejados y a veces degenerar formándose nódulos tumorales. Pero el mayor problema de la falta de yodo fue la sordomudez y el cretinismo, estado éste de déficit cognitivo debido a un insuficiente desarrollo neuronal del feto y que se puede igualmente presentar en los primeros años de vida de un niño que termina dando lugar a personas con bajo coeficiente intelectual que apenas son capaces de hablar, están siempre cansadas y pueden además sufrir deformaciones óseas y articulares similares al raquitismo. Siendo F. Platter el médico suizo que primero relacionó el bocio con el cretinismo en un estudio sobre las enfermedades que afectaban a la población de los valles alpinos suizos en el siglo XVI.
En aquella época algunas zonas del planeta estaban tan afectadas por este problema que sus poblaciones eran incapaces de alcanzar grados mínimos de desarrollo tanto por la incapacidad mental para poder manejar instrumentos de labranza como por la falta de vitalidad que requerían los trabajos agrícolas e industriales. Es más, en las zonas con alta incidencia de bocio y cretinismo se registró también un alto grado de sordomudez, infertilidad y altas proporciones de mortandad infantil en el parto. Lo que se achacó al mismo factor: la carencia de yodo. Se dice que no hay pruebas de ello pero en Suiza se comenzó a utilizar la sal yodada a principios de 1900 y a medida que pasaron los años se fueron cerrando los sanatorios donde se trataban a los niños sordomudos; al punto de que no quedaba ninguno abierto a mediados del siglo pasado.
Cabe agregar que en la actualidad se están desarrollando campañas para promover el uso de sal yodada en Pakistán, Kazakstán, Turkmenistán y China donde se estima que hay millones de niños y jóvenes retrasados -sólo en China se calcula que hay 10 millones- que no pueden ni siquiera hablar o acceder a una educación mínima por haberse gestado y desarrollado con carencias de yodo en la dieta. Estos casos fueron de hecho estudiados por el grupo The Copenhagen Consensus, panel de economistas de distintas nacionalidades que busca soluciones sencillas y de bajo coste para los problemas de la población mundial y que considera prioritario distribuir micronutrientes a las poblaciones con déficits de los mismos en sus dietas habituales.
Por su parte, la doctora M. C. Millón –miembro de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia- denunció recientemente que sólo el 27% de los hogares españoles consumen habitualmente sal yodada mientras la doctora I. Velasco, especialista en Obstetricia, asegura que una cuarta parte de las embarazadas andaluzas se encuentran por debajo de la ingesta diaria recomendada y que casi el 10% de los escolares valencianos sufren bocio.

¿SUPLEMENTOS DE YODO PARA LA INTELIGENCIA?

La propiaOrganización Mundial de la Salud (OMS) asegura que casi 2.000 millones de personas -un tercio de la población del planeta, especialmente niños y madres- ingiere insuficiente yodo con la comida advirtiendo que ello puede tener serias consecuencias: desarrollo neuronal deficiente, retraso mental, hipotiroidismo congénito, abortos espontáneos e infertilidad. Agregando que como el coeficiente intelectual de los jóvenes puede reducirse entre diez y quince puntos cuando se ingieren menos de 0,15 mg de yodo al día muchos, al alcanzar la edad adulta, verán limitadas sus posibilidades de empleo y capacitación profesional. Y lo malo es que calcula que cada año ese número aumenta en unos 38 millones de niños agravando cada vez más el problema.
No debemos olvidar que la triyodotironina (T3) se encuentra presente en las sinapsis nerviosas -aparentemente actuando como factor de regulación de la cantidad de serotonina, norepinefrina y GABA en el cerebro- y actúa pues en cierta forma como neurotransmisor por lo que es fácil deducir el importante papel que juega el yodo en los procesos neuronales y mentales.
Cabe igualmente resaltar que un equipo médico dirigido por el Dr. F. Vermiglio realizó una investigación sobre niños recién nacidos haciéndoles un seguimiento durante diez años para comprobar si se observaba alguna relación entre el déficit de yodo materno durante la gestación y lactancia y el llamado Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y constató que casi el 70% de los así diagnosticados nacieron de madres que sufrieron déficits de yodo siendo el coeficiente intelectual medio de esos niños de 92. En cambio en el grupo de control no se observaron casos de TDAH y su coeficiente intelectual medio fue de 110.
También hay varios investigadores que relacionan el autismo con el déficit de yodo, tanto en la madre durante la gestación como en el propio niño. En un interesante trabajo efectuado en el 2006 J. B. Adams encontró que muchos niños autistas tienen niveles muy bajos de yodo en el pelo, indicativo de insuficiencia en el organismo. Además en la literatura médica se encuentran varios casos de diagnóstico erróneo: niños diagnosticados como autistas que en realidad lo que tenían era una serie de problemas cognitivos y conductuales derivados de su hipotiroidismo y déficit de yodo.

¿CUÁNTO YODO SE NECESITA INGERIR AL DÍA?

Esta pregunta no es fácil de contestar al igual que ocurre con las demás “enfermedades carenciales”. Oficialmente se indica que la Ingesta Dietética de Referencia (IDR) del yodo es de 0,15 miligramos/día (la cantidad de yodo que se encuentra en 5 o 10 gramos de sal yodada (depende de la legislación de cada país). Pero en realidad ésa es la ingesta mínima requerida… para no tener bocio. Al igual que en el caso de la vitamina C donde la IDR es de 60 mg/día que es la cantidad necesaria… para no contraer escorbuto. Que los requerimientos generales son pues mayores y que en los tratamientos para recuperar a alguien ya enfermo las cantidades deben superar con mucho esas cifras lo sabe hoy cualquiera medianamente informado, especialmente los expertos en Nutrición Ortomolecular. De hecho no deja de ser significativo que los veterinarios aconsejen una IDR de 0,15 mg/día de yodo incluido en las comidas ¡de perros y gatos! Y es que, como ya hemos comentado, además de la tiroides hay otros tejidos del cuerpo que requieren yodo.
En cuanto a la tumefacción de la tiroides se trata de un síntoma de déficit de yodo y, por tanto, si en lugar de proporcionársela al organismo lo que hacemos es hacer caso a ese tipo de endocrinos “formados” por la gran industria farmacéutica que lo que aconsejan es un tratamiento con hormonas tiroideas de biosíntesis lo que acaecerá es que solo se corregirá la carencia de yodo en la tiroides… quedando el resto del cuerpo “hambriento de yodo”. Cuando ya en 1989 G. Hinze demostró que usando yodo en lugar de esa hormona se obtienen los mismos efectos sobre la tiroides pero a la vez se benefician los otros tejidos receptores de él en el organismo.
Asimismo, la gran mayoría de los endocrinos explican que como consecuencia del llamado efecto Wolff-Chaikoff la ingesta de yodo por encima de la IDR es peligroso porque puede provocar hipotiroidismo o una hipertrofia de esa glándula. Pero tal creencia se basa en un simple ensayo de laboratorio con ratones que realizaron Wolff y Chaikoff en 1948 y nunca fue replicado por otros investigadores ni comprobado a nivel clínico con seres humanos. Sin comentarios.
De hecho, ¿cómo puede ser peligroso ingerir más yodo cuando hoy está comprobado que la ingesta media en Occidente es de 0,25 mg/día, casi el doble de la IDR? Aunque lo más lamentable es que son los mismos médicos que se escandalizan ante los graves efectos secundarios que según ellos podría producir la ingesta de dosis de varios miligramos de yodo al día los que proponen a veces a sus enfermos ¡extirpar quirúrgicamente la tiroides o destruir la glándula usando yodo radiactivo! transformándoles así en seres dependientes de las hormonas farmacéuticas de por vida. A lo que hay que agregar la posibilidad de numerosos y graves efectos secundarios.
Si una dosis por encima del IDR fuera tan peligrosa toda la población de Japón -donde se ingiere una media de 12 miligramos al día debido al alto consumo de algas- debería estar muerta o gravemente enferma. Porque los japoneses están consumiendo ¡50 veces la IDR! Es más, en las zonas costeras llegan a consumos medios de 25 mg/día; o sea,¡100 veces la IDR! Sin que el llamado efecto Wolff-Chaikoff aparezca porque el número de casos de hipertiroidismo e hipotiroidismo es mucho menor allí que en los países occidentales donde se consume muchos menos yodo.
Antes bien, el pueblo japonés se considera ¡el más longevo del mundo! Con una expectativa de vida de 83 años (80 en la Europa comunitaria). Es más, la mortandad infantil en Japón es la más baja del mundo: 3 muertes por cada 1.000 nacimientos. Siendo otro claro índice de su nivel real de salud el gasto sanitario: el 8% del Producto Interior Bruto. ¡Casi la mitad del de Estados Unidos!
Es más, en estudios realizados sobre la absorción de yodo radiactivo se comprobó que si se ingería paralelamente la cantidad de yodo recomendada en la IDR el cuerpo absorbía una enorme cantidad de yodo radiactivo. En cambio, si se aumentaba la dosis de yodo introducido a 3mg/día (20 veces la IDR) sólo se absorbía un 5% de yodo radiactivo. Y apenas un 0,6% con una ingesta de 100 mg/día (70 veces la IDR).
Un amplio estudio realizado en Estados Unidos entre 1988 y 1994 revelaría por otra parte que la concentración media de yodo en la orina de las mujeres era de 0,145 miligramos/litro -lo cual indica que excretan al día más yodo que la IDR- aunque un 15% de ellas excretaba menos de 0,05 mg/litro. Y eso significa que 1 de cada 7 mujeres estadounidenses tiene déficit de yodo; casualmente la misma proporción de mujeres norteamericanas que sufre cáncer de mama.
Lo singular es que hasta 1960 los norteamericanos comían con el pan 0,6 mg de yodo por pieza (4 veces la IDR) y la incidencia de cáncer de mama era de sólo 1 caso por cada 20 mujeres. Pero entonces se reemplazó el yodo por bromo –precisamente un inhibidor del yodo- y los casos de cánceres de mama aumentaron de forma espectacular. ¿Casualidad?

YODO Y CÁNCER DE MAMA

Pues lo cierto es que mientras en los países industrializados de Occidente la incidencia de cáncer de mama es de 25 casos por cada 100.000 mujeres (0,025%) en Japón es de 7 por cada 100.000 (0,007%). Y muchos expertos entienden que es altamente probable que ello tenga que ver con su mayor ingesta de yodo. De hecho otros estudios epidemiológicos han demostrado que las japonesas que emigran a Estados Unidos y adoptan su estilo de alimentación tienen una incidencia de cáncer de mama similar a las mujeres americanas. Claro que eso mismo puede decirse de la ingesta de leche de vaca y del abuso de fritos, azúcares y grasas saturadas y, por tanto, no basta como argumento.
En todo caso hay varios estudios que indican la existencia de una clara relación entre la falta de yodo y el desarrollo tumoral. Se ha constatado por ejemplo que el déficit de yodo altera la estructura y función de las células mamarias de las ratonas. Y un estudio realizado con mujeres que sufrían cáncer de mama demostró que sus tejidos mamarios contenían mucho menos yodo que los de las mujeres sanas.
B. Eskine ya había demostrado en 1977 que las mamas con déficit de yodo sufren cambios metabólicos que favorecen el desarrollo de cáncer en ellas. Este médico fue el primero en observar que las mujeres que tienen un tejido mamario tumoral absorben mayor cantidad de yodo que aquellas con un tejido mamario sano lo que implica que hay un déficit de yodo en éste que probablemente haya favorecido el desarrollo del tumor.
Otros ensayos con animales mostraron que suplementando la dieta con yodo -con y sin progesterona- se reducían los tumores. Resultando ser la dosis más efectiva la de 5 miligramos diarios de diyodo -es el caso de la Solución de Lugol- para una mujer de 50 kilos. Curiosamente dosis similares alivian los síntomas de la fibrosis Quística.
En tales casos el diyodo parece ser más efectivo que el yoduro potásico y la tiroxina. Las ratonas cancerosas tratadas con diyodo mostraron de hecho una reducción fuerte y persistente de sus tumores mamarios lo que se atribuye a la disminución de la oxidación lipídica de las glándulas mamarias que promocionan la carcinogénesis por mutación específica de algunos genes. Además en los estudios realizados no se observaron efectos secundarios ni afectación de la función tiroidea.
Por su parte, Wright constataría en el 2005 que el yodo ayuda a mantener el equilibrio estrogénico y, por tanto, podría reducir el exceso de estrógeno que se señala como factor causante del cáncer de mama. Y C. Aceves –ese mismo año- que las yodolactonas (grasas yodadas) juegan un importante papel antiproliferativo en las glándulas mamarias, independientemente de las hormonas tiroideas.
Se calcula que el tejido mamario absorbe del orden del 20% del yodo ingerido y eso explica por qué las enfermedades tiroideas son mucho más frecuentes en las mujeres: debido a la competencia por la absorción del yodo mamario que deja menos yodo disponible para la tiroides.

YODO Y CÁNCER DE ESTÓMAGO

Algunos investigadores han encontrado asimismo correlaciones epidemiológicas entre el bocio, la deficiencia de yodo en la dieta y el cáncer de estómago. Un ejemplo es el interesante trabajo de F. Golkowski y sus colegas publicado en el 2007 en European Journal of Nutrition comparando la incidencia de cáncer gástrico en la población polaca antes y después de la introducción de la sal yodada en 1996. Porque observarían que los casos de cáncer de estómago por cada 100.000 habitantes disminuyeron de 19,1 a 15,7 en el caso de los hombres y de 8,3 a 5,9 entre las mujeres. Y es que como ya se ha señalado la mucosa gástrica es uno de los lugares preferenciales de concentración de yodo en el organismo y se presume que allí su acción antioxidante protege a las células de posibles efectos cancerígenos.

YODO Y ENFERMEDAD FIBROQUÍSTICA

Denominada también mastitis quística crónica, mastopatía fibroquística y displasia mamaria se llama así a la aparición de tumoraciones fibrosas no cancerosas en la mama que causan intensos dolores -asociados a la menstruación en la mayoría de las pacientes- y afecta fundamentalmente a mujeres de entre 35 y 50 años. Y hay quienes la consideran un factor de riesgo para la aparición del cáncer de mama. Claro que los pechos femeninos concentran casi tanto yodo como la tiroides; de hecho, la leche humana tiene una cantidad de yodo equivalente a cuatro veces el contenido en la tiroides. Siendo su cantidad alta durante la pubertad, el embarazo y la lactancia y baja en las fases posteriores.
Pues bien,W. R. Ghent y B. A Eskin demostraron en 1993 -en un estudio clínico con 233 mujeres que sufrían esta enfermedad- que la administración de diyodo lograba una notable disminución del dolor en las mamas sin afectar a la función tiroidea.

YODO Y ARRITMIA

Cabe recordar asimismo que la Solución de Lugol fue utilizada por miles de médicos durante más de un siglo para el tratamiento de distintos problemas cardíacos. B. West publicó de hecho un artículo en el 2006 sobre su experiencia clínica en casos de fibrilación atrial y arritmia mediante el uso de protocolos basados en la suplementación con yodo y los enfermos mejoraron sin que hubiera efectos colaterales. Extrañamente, el fármaco más utilizado hoy para las arritmias es la amiodarona, un compuesto orgánico sintético del que el 37% es ¡yodo! Y que, como casi todos los medicamentos, provoca numerosos efectos secundarios indeseables. Es decir, la industria farmacéutica se impuso de nuevo.

CONCLUSIÓN

Terminamos indicando que 60 mg diarios de vitamina C son pues suficientes para prevenir el escorbuto y 0,15 mg de yodo para prevenir el bocio y la tumefacción de la tiroides… pero nada más. Y que cerca de 130 millones de japoneses ingieren a diario entre 50 y 100 veces esa cantidad gracias a una dieta rica en algas -no crea el lector que hartándose de ellas porque bastan de 5 a 10 gramos de algas secas al día- y son el pueblo más longevo del planeta con la menor incidencia de cáncer de mama. Yodo que, como hemos visto, no sólo es vital para el funcionamiento de la tiroides sino para otras muchas funciones del organismo. De ahí que para prevenir las patologías antes mencionadas convenga consumirlo a diario en la dosis adecuada y plantearse su uso terapéutico si los problemas mencionados se han manifestado ya en el organismo; preferiblemente consumiendo la Solución de Lugol que combina yodo elemental o diyodo (I2) -forma preferente de absorción por el tejido mamario- con un yodo iónico como el yoduro de potasio.
Caber agregar que no se conocen casos de intoxicación por un consumo excesivo procedente de fuentes naturales pero no sucede lo mismo con el yodo preparado como fármaco; en tal caso una dosis excesiva puede tener consecuencias muy serias -como el hipertiroidismo- y su exceso provocar vómitos, dolores abdominales, diarrea e, incluso, un fallo renal. De ahí que lo ideal sea llevar una dieta rica en alimentos que contengan yodo como los pescados –enteros-, los mariscos, los ajos crudos y las algas. En cuanto a la Solución de Lugol en España se puede encontrar en farmacias pero nadie debería consumirla sin la prescripción de un profesional de la salud y en ningún caso ingerir más de una gota diluida en un vaso de agua al día. 

 

Juan Carlos Mirre



Contenido en yodo de los alimentos (en miligramos por kilo de alimento)

  • Cantidad media de yodo contenida en algas comestibles (secas)…...………..…….600
  • Yodo contenido en algas “kombu”………………………………………………………1.200
  • Cantidad media de yodo contenido en mariscos………………………………….……..0,7
  • Mejillones y langostas, Cantidad media aproximada ………………………………….10,0
  • Cantidad media en pescados de mar ……………………………………………………..0,2
  • Cantidad media en sardinas enteras enlatadas (con entrañas y cabeza)……….…...0,4
  • Cantidad media en carnes vacunas (excluyendo entrañas)……………………….……0,1
  • Cantidad media en carnes incluyendo entrañas……………………………………….....0,2
  • Leche procedente de regiones con suelos ricos en yodo……………………………….0,1
  • Leche procedente de regiones con suelos pobres en yodo …………………………..0,01
  • Cantidad media de yodo en pescados de agua dulce enteros ……………………….0,02
  • Sal marina (Sal de Maldon, del Himalaya, de Camargue, etc.)…………………...……0,03
  • Los huevos, al igual que la leche, según procedan de regiones con yodo natural o se suplemente la alimentación de las gallinas con yodo: entre 0,2 y 0,01miligramos por docena.
  • Cabe añadir que ninguna fruta, verdura u hortaliza llega a alcanzar un contenido de 0,1 miligramos por kilo excepto en suelos fertilizados con nitrato de chile (rico en yodo) donde se pueden alcanzar valores de hasta 0,2 miligramos por kilo. Los ajos crudos son la única excepción pudiendo alcanzar hasta 0,7 miligramos por kilo, siempre que hayan sido cultivados en suelos ricos en yodo.

Recordemos que la IDR diaria es de 0,15 miligramos de yodo por día, el equivalente a comerse unos 200 gramos de marisco o 20 gramos de mejillones al día o 250 miligramos de algas comestibles secas.



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