Para la mayoría de los médicos las revistas
científicas son las "biblias" de su profesión.
Sólo lo que aparece en ellas está "científicamente"
validado. Y, sin embargo, los editores de
las revistas de mayor prestigio del mundo,
al destaparse las escandalosas prácticas en
que estaban implicadas varias multinacionales
farmacéuticas, se vieron obligadas ya en septiembre
del año 2001 a anunciar que no iban publicar
más sus estudios si no garantizaban la independencia
de los científicos que trabajan en sus ensayos
y se comprometían a publicar "íntegros" los
resultados. Un año después The New England
Journal of Medicine revisó más de 500
publicaciones y comunicó que el resultado
era "desolador". Bueno, pues hoy la situación
es incluso peor. ¿Por qué siguen médicos,
farmacéuticos, biólogos, medios de comunicación
y gobiernos creyendo ciegamente en lo que
dice la industria farmacéutica y publican
las revistas científicas? ¿Carecen acaso del
más mínimo sentido crítico?.
Nuestro
sistema de salud se basa en la confianza que
tenemos en la profesionalidad y ética de los
administradores y funcionarios sanitarios,
de los médicos, farmacéuticos y demás profesionales
de la salud, de los organismos públicos y
privados que controlan la actividad, de las
empresas fabricantes de fármacos y de la imparcialidad
y ética de las revistas científicas que publican
los trabajos de investigación, muy especialmente
de los que dan cuenta de los resultados obtenidos
con nuevos medicamentos. Y es evidente que
el resquebrajamiento de esa confianza en cualquiera
de los ámbitos mencionados podría hacer tambalear
todo el edificio. Pues bien, eso es lo que
viene sucediendo desde hace unos años en todo
el mundo a enorme velocidad. Hasta el punto
de que a día de hoy no es exagerado afirmar
que el sistema está tan corrompido que sus
pilares han empezado a resquebrajarse.
PRIMERA ALARMA: LA CORRUPCIÓN
MÉDICA POR LAS MULTINACIONALES
El primer pilar del ámbito sanitario que se
resquebrajó probablemente haya sido el de
la clase médica. Después de cursar una carrera
universitaria difícil, exigente, compleja
y de muy larga duración gran parte de quienes
obtienen el título de médico no logra ejercer
jamás su profesión y la mayoría de quienes
lo consiguen terminan trabajando por unos
sueldos miserables en condiciones lamentables.
Una situación que, evidentemente, es caldo
idóneo para la corrupción. Si los médicos
estuvieran aceptablemente remunerados sería
más difícil corromperles. Y eso pasa a menudo
y en todo el mundo desde hace años... aunque
en muchos países las autoridades o funcionarios
-¿corruptos?- del propio sistema no hagan
nada por investigarlo. Algo que, sin embargo,
no siempre logran...
En Italia, por ejemplo, más de 4.400 médicos
(1.738 especialistas -entre ellos 60 oncólogos-
y 2.579 médicos generalistas) pasaron en junio
pasado a disposición judicial acusados de
formar parte de una trama ilegal tejida por
la multinacional farmacéutica GlaxoSmithKline
para aumentar la venta de sus productos. También
196 personas de la sección italiana de la
multinacional están a disposición de los jueces.
Según el procurador de la República, Guido
Papalia -responsable de la denominada
Operación Giove-, la farmacéutica sobornaba
de forma "creativa" a los médicos reflejando
esas partidas en sus informes contables bajo
el epígrafe de "otras promociones", "campos
de ventas" o "gastos genéricos". Muchos de
los médicos italianos imputados acudían a
"congresos" inexistentes que se desarrollaban
en lugares exóticos y cuyo único programa
consistía en pasárselo bien en hoteles de
cinco estrellas. Otros eran convencidos directamente
con dinero, ingresos bancarios esporádicos,
becas para sus hijos o lujosos regalos. De
hecho, la central de la GlaxoSmithKline
ha sido considerada ya responsable de
"delito corporativo" por la sospechosa
"falta de control" -afirman que no sabían
lo que hacían sus colegas- ejercida sobre
su filial.
Las preguntas que surgen son obvias: ¿son
los médicos italianos más corruptos que los
del resto del mundo o en todos los países
pasa lo mismo? ¿Actuaron realmente los directivos
italianos por su cuenta o esas prácticas ilegales
y vergonzosas se perpetran de modo general
y habitual? ¿Deben investigarse las contabilidades
creativas de las multinacionales en toda la
Unión Europea?
La segunda interrogante a responder sería
si el que comentamos es un caso aislado o
sólo la punta de un gigantesco iceberg de
corrupción. Y los hechos hablan por sí mismos:
la Schering-Plough está siendo investigada
por pagar grandes sumas de dinero a los médicos...
sólo que esta vez en Estados Unidos. Según
publicó hace unas semanas el New York Times
la compañía pagaba a los galenos entre 1.000
y 1.500 dólares mensuales por recetar a sus
pacientes Intron A, un medicamento
contra la hepatitis C. Y se constató también
que al menos seis especialistas habían cobrado
10.000 dólares por "servicios de asesoramiento"
que al parecer nunca existieron. (la Schering-Plough,
por cierto, ha tenido que dedicar ya unos
500 millones de dólares para costear los distintos
procesos legales en los que está inmersa).
Y, por supuesto, hay muchos más casos. Según
el New York Times se está investigando
este tipo de prácticas en otras compañías,
entre ellas Johnson & Johnson, Wyeth y
Bristol-Myers Squibb.
SEGUNDA ALARMA: LA OCULTACIÓN
DE INFORMACIÓN
En junio pasado el Fiscal General de Nueva
York., Eliot Spizer, también se querelló
contra la GlaxoSmithKline (GSK) pero
esta vez acusándola de haber ocultado los
resultados negativos de las pruebas en adolescentes
de un fármaco antidepresivo -Paxil
en Estados Unidos, Seroxat en Europa
(España incluida)-. Según Spitzer, la farmacéutica
solo hacía "publicaciones selectivas" y nunca
informó suficientemente de los peligros potenciales
de recetar Paxil a niños y adolescentes.
Según explicó, de dos estudios con resultados
contrarios GlaxoSmithKline se limitó
a dar conocer el que le beneficiaba y a ocultar
los resultados del que apuntaba tendencias
suicidas en los jóvenes además de un mínimo
o nulo beneficio terapéutico. La empresa,
según el fiscal, ganó sólo en el 2002 con
la venta del Paxil cincuenta y cinco
millones de dólares.
Bueno, pues la presión ha obligado a GlaxoSmithKline
a sacar a la luz nueve trabajos en los
que queda patente que su antidepresivo no
es adecuado en niños y que las tendencias
suicidas aumentan entre quienes consumen ese
fármaco.
Otro ejemplo de "información sesgada" -según
ha denunciado el Baltimore Health Sciences-
tiene que ver con el Prozac. Porque
resulta que la multinacional fabricante del
famoso antidepresivo -Lilly- se dedicó
a dar a conocer las conclusiones positivas
obtenidas después de las primeras doce semanas
de un estudio que duró tres veces más y al
final del cual se produjeron cinco veces más
tentativas de suicidio en el grupo que tomó
Prozac que en el de los niños que no
consumieron el medicamento. Es más, que los
médicos sigan hoy recetando Prozac
en lugar del hipérico o hierba de
San Juan y los sistemas de salud lo financien
es un escándalo.
TERCERA ALARMA: LA PUBLICIDAD
ENGAÑOSA
Con el fin de aumentar las ventas de sus productos
como sea, algunas multinacionales "animan"
a los médicos a recetar determinados fármacos...
en enfermedades para las que no están indicados.
Y muchos de éstos, tras ser convenientemente
"engrasados", aceptan.
Es el caso de la multinacional Pfizer que,
tras declararse culpable y llegar a un acuerdo
con las autoridades estadounidenses, ha aceptado
pagar la multa más cuantiosa impuesta hasta
ahora a una farmacéutica: 388 millones de
euros (64.000 millones de las antiguas pesetas)
por publicitar ilegalmente un antiepiléptico:
Neurontin. Entre 1994 y el año 2000
los directivos de la empresa Warner Lambert
-adquirida después por Pfizer- diseñaron
una agresiva estrategia comercial y a través
de "tácticas publicitarias" ilegales "convencieron"
a centenares de médicos de la eficacia del
producto en enfermedades para las que no existía
ninguna constancia de su validez. El laboratorio
pagaba a médicos por dar conferencias o escribir
artículos donde alababan las supuestas bondades
no comprobadas del producto mientras otros
recibieron espléndidos obsequios o realizaron
viajes gratis acompañados de sus familias.
La estrategia dio resultado. Las autoridades
comprobaron que entre 1994 y el 2000, el 80%
de las recetas de Neurontin fueron
prescritas para trastornos que nada tenían
que ver con las indicaciones para las que
el medicamento había sido aprobado. Como resultado
los ingresos por el fármaco pasarían de 97'5
millones de dólares en 1995 a ¡más de 2.000
millones de dólares! Un vergonzoso negocio
que sólo se terminaría cuando hace dos años
un antiguo empleado e investigador de la Universidad
de Harvard, David Franklin, denunció
lo que estaba sucediendo. Durante todo ese
tiempo las autoridades sanitarias no se enteraron
del fraude... o bien lo sabían pero lo silenciaron.
PENÚLTIMA ALARMA: CORRUPCIÓN
A OTROS NIVELES
Algunas multinacionales no tienen tampoco
reparo alguno en "influir" en determinados
funcionarios con poder de decisión o en los
responsables políticos de turno. "Inversiones"
que se reflejan adecuadamente en la contabilidad
de forma opaca. El prestigioso The British
Medical Journal denunciaba hace poco cómo
Allen Jones, funcionario de un departamento
estatal de la Oficina General de Inspección
de Estados Unidos, fue apartado de su trabajo
tras revelar en febrero de 2004 al New
York Times y a otros medios la existencia
de cuentas opacas destinadas en determinadas
compañías farmacéuticas abiertas para "influir"
en los funcionarios gubernamentales relacionados
con la prescripción de medicamentos.
Jones encontró por ejemplo algunas cuentas
opacas cuyos principales ingresos pertenecían
a la compañía farmacéutica Janssen -subsidiaria
de Johnson & Jonson- y a Pfizer
desde las que se había pagado a funcionarios
estatales con influencia sobre la prescripción
de medicamentos en las prisiones y en los
psiquiátricos. Uno de los medicamentos recomendados
era el antipsicótico Risperidone (Risperdal),
fármaco al que recientemente se le han
encontrado efectos colaterales potencialmente
letales. De hecho, la FDA envió una carta
a Janssen el pasado 27 abril en la
que le advertía de que su información sobre
el Risperidone era "falsa o engañosa"
ya que ocultaba o minimizaba los riesgos
del medicamento, concretamente "serios
efectos adversos, incluidos la cetoacidosis
diabética, el coma hiperosmolar y la muerte".
Allen inició acciones legales el pasado 7
de mayo contra sus supervisores por considerar
que la política de prohibir hablar con los
medios de comunicación es "inconstitucional".
Jones manifestó además en la demanda -presentada
en una corte de distrito de Pennsylvania-
que estaba siendo acosado por sus superiores
y por algunas instituciones gubernamentales
porque querían "encubrir, desanimar y limitar
cualquier investigación o vigilancia sobre
las prácticas corruptas de las principales
multinacionales del medicamento y de los funcionarios
públicos corruptos que actúan en connivencia
con ellas". Don Bailey, abogado
de Jones, afirmaría que el caso es una prueba
de fuego para el derecho a una prensa libre.
"Si pueden ordenar guardar silencio a un
empleado y mantener todos sus documentos bajo
llave... se estará limitando la prensa libre".
Ni que decir tiene que tampoco en esta ocasión
la iniciativa de la denuncia partió de las
autoridades gubernamentales.
Es más, Elias Zerhouni, director de
los Institutos Nacionales de Salud (NIH) -principal
institución científica estadounidense en materia
de investigación- comunicó en junio pasado
que los investigadores que trabajan en ella
van a ver limitadas sus relaciones con la
industria farmacéutica. Se quiere -dijo- evitar
los "conflictos de competencias" y evitar
el pago que reciben de la industria por "consultas".
La verdad es que esa medida ya existía pero
se retiró en 1995 porque muchos investigadores
prefirieron dejar la sanidad pública e irse
a trabajar con las multinacionales ya que
les ofrecían sueldos mayores.
La medida se ha vuelto a tomar tras conocerse
más de 100 "acuerdos poco claros" -y secretos
en tanto no se informó de ellos a la institución-
que había entre algunos científicos y la gran
industria farmacéutica que, según declaró
Zerhouni al diario Los Angeles Times, "ponen
de manifiesto la debilidad del sistema ético
de esta institución". Añadiendo: "He llegado
a la conclusión de que algunos empleados han
violado las reglas éticas y de que el sistema
no garantiza una adecuada prevención de futuras
violaciones". Zerhouni admitiría también
que debería haber actuado antes para frenar
las relaciones privadas que ligan a trabajadores
de la institución con laboratorios o empresas
del sector. "Es muy triste que las acciones
de unos pocos hayan ensuciado el trabajo de
todos los demás", reconoció Zerhouni con
pesar.
En suma, a partir de ahora cualquier pago
que haga la industria a un trabajador de los
NIH deberá hacerse público. Y se prohibirá
a los científicos estatales cobrar por "asesorar"
a la industria biotecnológica o farmacéutica
privada así como recibir cualquier tipo de
"stock options" como compensación. Lo que
indica que hasta ahora se estaba haciendo.
¿Sigue creyendo el lector tras lo que ha leído
que los fármacos son a pesar de todo útiles
porque de lo contrario no hubieran aparecido
los resultados de sus ensayos en las revistas
científicas de mayor prestigio? Pues sepa
que nada menos que Allen Roses, experto
en Farmacogenómica y vicepresidente del Departamento
de Genética de la GlaxoSmithKline,
tuvo hace sólo unas semanas -y así lo publicó
esta revista- la inusitada valentía de reconocer
que la mayoría de los medicamentos sólo tienen
eficacia entre el 30% y el 50% de las personas
que los toman. Hasta el punto de que aconseja
hacer análisis de ADN para identificar a los
pacientes que puedan responder positivamente
a un tratamiento. Aunque lo más increíble
es que la portavoz de la multinacional, ante
las preguntas sobre el parecer de la compañía
ante esa declaración, se limitara a contestar
que lo dicho por Roses "no debería haber
sorprendido" porque "ya se sabe de
sobra que hay variaciones en las respuestas
de las personas a las medicinas debido a sus
diferencias genéticas". Añadiendo que
"es verdad que los medicamentos no actúan
en todos los pacientes pero sí en una gran
proporción de ellos. Algo que saben también
-agregó- quienes regulan la aprobación de
los fármacos". "Todo el mundo -reconoció Roses-
ha utilizado fármacos que no le funcionaron,
fuera para intentar paliar un dolor de cabeza
o de espalda. Y eso pasa porque cada persona
tiene una sensibilidad distinta al medicamento
por razones genéticas".
En suma, todo indica que lo que trasciende
en el ámbito sanitario es sólo la punta de
un gigantesco iceberg de corrupción. Y si
bien son muchos más los casos conocidos no
es darlos a conocer todos el objetivo de este
reportaje. Valga lo dicho, simplemente, como
ejemplos bien recientes. Centrémonos pues
en lo queríamos plantear. De forma bien gráfica.
| El
mito: |
La
publicación de un ensayo asegura la eficacia
de un producto. |
| La
realidad: |
La
industria no tiene obligación de dar a
conocer los ensayos que no le convienen.
|
Desde hace más de veinte años la comunidad
científica vive un silencioso debate en torno
a la seguridad que ofrece el actual sistema
de elaboración y -sobre todo- publicación
de los ensayos. Porque el reciente caso del
Seroxat y la ocultación por parte del
laboratorio de los ensayos que no le interesaban
dar a conocer no son sino el reflejo de un
problema antiguo que se inicia en el mismo
momento en que se sientan las bases del actual
sistema de ensayos. Joan Ramon Laporte,
director del Instituto Catalán de Farmacología
y miembro destacado del Comité de Medicamentos
de la OMS, lo explicaba hace unos meses en
nuestra revista: "La gran industria farmacéutica
-nos diría- ha logrado, a través de
la 'Conferencia Internacional de Armonización',
sentar los criterios para el desarrollo y
la evaluación reguladora de los medicamentos.
Es la Conferencia pues la que determina los
criterios de los estudios básicos, toxicológicos,
animales y clínicos para el desarrollo de
nuevos fármacos. Y resulta que la misma
fue fundada por la Federación Internacional
de Asociaciones de Fabricantes de Medicamentos,
es decir, por la propia industria farmacéutica,
quien ostenta su secretariado. Forman parte
de ella además los reguladores de los grandes
mercados mundiales: Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón. De hecho, a la Organización
Mundial de la Salud (OMS) sólo se le 'permite'
asistir como observadora". En otras palabras:
la industria farmacéutica se autocontrola
y no ha permitido que ni la OMS ni los gobiernos
se inmiscuyan. Obviamente, los problemas de
ser juez y parte se han ido acentuando con
el paso de los años y parece que por fin la
comunidad científica parece dispuesta a asumir
sus responsabilidades. De momento, los editores
de las principales publicaciones médicas están
considerando una propuesta para exigir a las
multinacionales farmacéuticas que registren
todos los ensayos clínicos en un banco de
datos público en el que médicos e investigadores
puedan consultar la totalidad de la información
-cuándo fue iniciado un ensayo, su objetivo,
los resultados o la razón por la que se da
por concluido si así acaece- de tal manera
que todos esos datos puedan ser conocidos
en su totalidad y no obviados u ocultados.
El plan, si finalmente es adoptado por el
Comité Internacional de Editores de Periódicos
Médicos, impediría así que los laboratorios
farmacéuticos puedan ocultar un ensayo cuando
no les favorece. Hablamos de un comité en
el que se hallan 12 de los principales diarios
médicos, entre ellos The Journal of the
American Medical Association, The New England
Journal of Medicine, The Lancet y The Annals
of Internal Medicine.
Hace ya un par de años esas revistas publicaron
un editorial conjunto -del que dimos cuenta
entonces- en el que reclamaban "cambios significativos"...
que no se han producido. "Los resultados
de un ensayo inacabado pueden ser enterrados
en lugar de ser publicados cuando son desfavorables
al producto del patrocinador" se afirmaba
entonces en el editorial. "Y esos problemas
no son teóricos. Ha habido varios ejemplos
recientes públicos de ellos y sospechamos
que muchos más no han sido comunicados". Dos
años después las cosas siguen exactamente
igual por lo que el Comité Internacional
de Editores de Periódicos Médicos intenta
de nuevo forzar la resistencia de las farmacéuticas.
En esa misma línea se mueve la Asociación
Médica Americana que anunció antes de
este pasado verano que iba a pasar a sus afiliados
una propuesta para instar al Gobierno a crear
un registro público de ensayos clínicos. ¿Lo
conseguirán? Está por ver. Quizás en esta
ocasión el ruido provocado lleve al cambio
pero hasta ahora se prefería esperar a que
la tormenta pasase. De hecho, aunque la intervención
de la fiscalía de Nueva York en el caso Paxil-Seroxat
actuó de detonante de la actual situación
no es la primera vez que en los últimos años
familiares de personas relacionadas con muertes
violentas aparentemente causadas por el tratamiento
con SSRI (inhibidores selectivos de la serotonina)
-tipo de droga al que pertenece este antidepresivo-
iniciaron pleitos legales afirmando que fueron
los fármacos los responsables. David Healey,
psicofarmacólogo y director del departamento
de Medicina Psicológica de la Universidad
de North Wales, (Gales), ha facilitado pruebas
de ello a los afectados. Es más, según afirma
las multinacionales farmacéuticas no sólo
ocultan los datos que no les convienen sino
que ha llegado a afirmar, tras acceder a los
datos originales en los que se fundamentan
algunos de sus estudios, lo siguiente: "Es
posible que el 50% de los artículos sobre
medicamentos que han aparecido en las principales
publicaciones no hayan sido escritos de la
forma debida, como la gente normal de la calle
espera de sus autores".
Ya en la Conferencia de Toronto que se celebró
el año 2000 Healey denunció la estrategia
global de las multinacionales: "El mundo
ha cambiado. La psiquiatría y la antipsiquiatría
han sido borradas del mapa y reemplazadas
por una nueva psiquiatría de las corporaciones.
El propio Galbraith ha denunciado que ya no
tenemos mercados libres sino que las empresas
parten de lo que quieren vender y acto seguido
preparan el mercado para que consumamos esos
productos. Si funciona con los automóviles,
con la gasolina y con todo lo demás, ¿por
qué no iba a funcionar con la psiquiatría?".
Healey apunta pues a una estrategia a nivel
internacional que ha sido denunciada incluso
en las más prestigiosas revistas científicas.
Es conocida la aportación a este debate del
informe publicado en The Lancet por
Collier e Iheanacho, miembros
de la Asociación de consumidores británicos:
"Los intereses de la industria dominan las
investigaciones de tal modo que las nuevas
evidencias pueden llevar a cambios inapropiados
en la práctica clínica, pasando de enfoques
probados, familiares y habitualmente más baratos
a nuevas alternativas no familiares y habitualmente
más caras que no ofrecen ventajas clínicas
reales".
Los autores ya adelantaban situaciones como
las producidas con el Seroxat y la
posible ocultación de los datos más negativos
de los estudios. "La compañía farmacéutica
tiene un papel dominante -afirman- porque
financia el estudio, diseña el protocolo,
escoge a los investigadores y, en muchas ocasiones,
participa en el cotejo, interpretación y presentación
de los datos. Los resultados positivos tienden
a ser seleccionados para ser presentados en
reuniones científicas, publicados sin demora
como informes completos -en inglés y en revistas
de gran difusión- y citados en otros trabajos…Por
el contrario, los ensayos clínicos con resultados
negativos tienden a publicarse mucho más tarde
que aquellos con conclusiones más positivas".
Ya en 1998 Richard Smith, editor del
The British Medical Journal -una de
las revistas médicas más importantes del mundo-,
realizó una de las declaraciones más duras
que ha llegado a oír la comunidad científica:
"El fraude de las investigaciones clínicas
es como el abuso infantil. Una vez que se
reconoce que existe se empieza a observar
lo frecuente que es". Smith pronunció
tan demoledoras palabras durante la celebración
del Primer Congreso Internacional de Medicina
de Hong Kong y aseguró que tanto los métodos
de detección e investigación como las conclusiones
de los ensayos clínicos son a menudo "deshonestos
y absolutamente inadecuados". Los casos
de fraude incluyen la fabricación de datos
o la invención completa de los mismos según
Smith. De ahí que insistiera en la necesidad
de que las instituciones creen mecanismos
para evitar esta conducta poco ética que acaba
afectando a las salud de millones de seres
humanos.
La propia Organización Mundial de la Salud
(OMS) ha venido mostrado su preocupación sobre
el problema y, así, ya en el 2001 aparecía
un artículo en el Bulletin of the World
Health Organization (OMS) en el que se
fijaban las razones de la pérdida de confianza
en el sistema: los conflictos de interés por
parte de los investigadores vinculados a la
industria, la participación inapropiada de
los que patrocinan la investigación en el
diseño y administración de los ensayos, y
los sesgos en la publicación y difusión de
los resultados.
Y entienda el lector que no estamos hablando
de debates meramente "técnicos": la ocultación
de datos puede traducirse en la muerte de
muchas personas.
| El
mito: |
La
publicación de un trabajo por una revista
científica avala de alguna manera lo publicado. |
| La
realidad: |
El
dinero afecta a la objetividad de investigadores,
autores y publicaciones. |
En el mundo se efectúan cada año miles de
investigaciones. Y son también miles las publicaciones
en las que pueden aparecer. Obviamente nadie
puede leerse todas así que médicos y científicos
optan por leer sólo las más importantes, especialmente
en el ámbito de su especialidad. De ahí que
todo el mundo quiera aparecer en ellas. Y
dado que solo las investigaciones realmente
importantes aparecen en las principales revistas
se supone que los filtros a los que se someten
debieran garantizar siempre su fiabilidad.
Todo aparentemente normal, pero, ¿es así realmente?
¿O el hecho de "quién" publica y qué empresa
está detrás tiene su importancia? ¿Son realmente
"libres" las publicaciones o están mediatizadas
por quienes les dan de comer, esto es, por
sus anunciantes? ¿Se prima a éstos? Por otra
parte, ¿están o no "condicionados" los equipos
asesores? Dicho de otra manera: ¿son "sensibles"
a posibles influencias?
Son preguntas con respuestas muy variadas
ya que hay muchas publicaciones científicas
-algunas de las cuales, por cierto, cobran
por publicar las investigaciones- pero
lo que sí parece evidente es que en ellas
suelen aparecer principalmente los ensayos
clínicos que muestran resultados positivos
y se obvian los negativos. Como resultado
de esta tendencia parece claro que los médicos
que confían en las publicaciones médicas para
la información sobre determinados productos
obtienen un punto de vista incompleto sobre
su efectividad o seguridad, ya que la imposibilidad
de acceder a toda la información publicada
les hace ignorar otros estudios menos favorables
o inconclusos, publicados en revistas de menor
prestigio.
En suma, este segundo pilar de la medicina
alopática también ha empezado a mostrar grietas
debido al importante papel que juega la industria
en el sostenimiento económico de algunas publicaciones.
Por otra parte, el notable incremento de precios
de las revistas científicas en los últimos
años ha empezado a ser inasumible para muchas
universidades y bibliotecas que han tenido
que cancelar numerosas suscripciones reduciéndose
así el número de publicaciones que reciben.
Un ejemplo: cinco grandes bibliotecas universitarias
del oeste medio de Estados Unidos han dejado
de comprar 13.021 revistas científicas. Y
esa proporción avanza año tras año prácticamente
en todas las bibliotecas universitarias del
mundo. La consecuencia es que los científicos
tienen mucho menor acceso a los datos nuevos.
Con el resultado final de que la mayoría de
las revistas dependerán para sobrevivir sólo
de la publicidad de los laboratorios farmacéuticos...
lo que termina generando un conflicto de intereses
cuando el editor pretende que al laboratorio
se le apliquen los mismos filtros de objetividad
y ecuanimidad que a los trabajos remitidos
por las instituciones académicas o científicas.
Un estudio elaborado por Peter Glassman
y otros investigadores -publicado en el
Western Journal of Medicine en noviembre
de 1999- evaluó algunas de las principales
publicaciones médicas llegando a la conclusión
de que estaban siendo influenciadas por las
compañías farmacéuticas. Es más, era tal la
dependencia económica que podía afirmarse
que la objetividad de las mismas estaba seriamente
limitada. Y entre las publicaciones estudiadas
había algunas tan prestigiosas como The
Journal of the American College of Cardiology,
Annals of Internal Medicine, Journal of the
American Medical Association, American Journal
of Respiratory and Critical Care Medicine,
Clinical Infectious Diseases y New England
Journal of Medicine. Las cifras hablan
por sí solas: entre 715.000 y 18 millones
de dólares se gastaron los laboratorios en
publicitar sus productos farmacéuticos. Para
alguna de esas revistas un solo anuncio suponía
el 15% de sus ingresos totales. Además se
constató que son muchas las publicaciones
que ingresan más por los anuncios que por
la cuota de sus suscriptores. Y es evidente
que ese hecho las coloca en una clara situación
de dependencia frente a las grandes multinacionales.
Más datos: durante el Congreso de Bioética
y Editores de Revistas Médicas celebrado en
Barcelona en junio del 2001, Anu Gupta
-de la Universidad de Yale- presentó un estudio
de 268 trabajos aleatorios publicados en importantes
publicaciones médicas. La conclusión fue que
las publicaciones no cumplían adecuadamente
las normas que obligan a revelar conflictos
de intereses en los trabajos publicados. Algo
más del 30% de los mismos había sido financiado
total o parcialmente por la industria. Y de
ellos, un tercio carecían de información sobre
la relación de los autores con ella. Es más,
la forma y el tipo de relación con la fuente
de financiación sólo se revelo en el 8% de
los trabajos y todos estos correspondían a
material publicado en Annals of Internal
Medicine. Gupta insistió en que más que
elaborar nuevas directrices lo que las revistas
médicas debían hacer era cumplir las existentes.
Y esto no sólo pasa con las revistas de carácter
científico. También las publicaciones de carácter
divulgativo o de información general -especialmente
los grandes periódicos nacionales- reciben
sustanciosos ingresos de las campañas publicitarias
de las grandes multinacionales que, evidentemente,
suelen afectar su objetividad en el análisis
de las informaciones sobre salud.
| El
mito: |
Los
investigadores y médicos son independientes
para actuar según su buen criterio. |
| La
realidad: |
Presiones
de todo tipo influencian el buen criterio
de médicos e investigadores. |
El hecho de que el actual sistema de aprobación
de los medicamentos esté basado en grandes
ensayos -normalmente realizados en diversos
centros y durante largos períodos de tiempo-
hace de por sí evidente la dependencia que
de los mismos y de los laboratorios que los
patrocinan tienen cientos de miles de científicos,
médicos, técnicos de laboratorios, sanitarios,
etc., en todo el mundo. Sobre todo si la Sanidad
Pública deja el desarrollo de las investigaciones
cada vez más en manos de las grandes corporaciones.
De ahí que sean muy pocos quienes osan denunciar
los abusos. Y quienes se atreven suelen enfrentarse
siempre con problemas. Así le ocurrió al ya
mencionado David Healey después de denunciar
que cerca de 250.000 personas -adultos y jóvenes-
de todo el mundo habrían tratado de quitarse
la vida después de tomar para la depresión
alguno de los productos basados en inhibidores
selectivos de la serotonina (Seroxat, Prozac…).
Más de 25.000 de los cuales lo habrían logrado,
siempre según los cálculos del doctor Healey.
Pues bien, como consecuencia de sus denuncias
-según publicó el diario británico The
Guardian en mayo del 2001- perdió la oportunidad
de acceder a un importante puesto de trabajo
en el Centro de Adicciones y Salud Mental
de la Universidad de Toronto (en Canadá).
¿O la estrecha relación de esa institución
con los fabricantes de los productos que incorporan
las, a su juicio, peligrosas sustancias fue
"casual"? Porque el director del centro, el
doctor David Goldbloom, ya había concretado
con él -antes de sus denuncias- las condiciones
para hacerse con el cargo. Que no fue casualidad
lo demostraría que 27 importantes científicos
-incluidos dos premios Nobel- firmaron una
carta acusando a esa universidad de violar
la libertad académica por miedo a perder los
fondos de investigación de una multinacional
farmacéutica. Los autores del escrito de protesta
llegaron a afirmar que la decisión había
"manchado el nombre de la Universidad de Toronto
y envenenado la reputación de su Centro de
Adicciones y Salud Mental".
Cuando Joan Ramon Laporte -director
del Instituto Catalán de Farmacología y miembro
destacado del Comité de Medicamentos de la
OMS-, a la vista de las pruebas que poseía,
se atrevió a calificar de "fraude científico"
los ensayos para la aprobación del antiinflamatorio
Rofecoxib de la multinacional farmacéutica
Merck Sharp & Dohme (MSD) no se
esperaba que ésta presentara una demanda contra
él y le presionara para que publicara una
rectificación. Claro que tal cosa no hubiera
debido sorprenderle porque sus 20 años de
experiencia con el Butlletí Groc le
habían enseñado que "además de una "fuerza
de ventas" descomunal, la industria farmacéutica
-declararía- dispone de medios muy diversos
para presionar, convencer, modificar o matizar
opiniones y actitudes o, simplemente, silenciarlas.
Estos medios pueden consistir en no establecer
contratos de investigación ni otorgar alguna
de las muchísimas formas de 'ayuda' de las
que disponen. Las personas y los grupos que
piensan por su cuenta no les son gratos a
la industria farmacéutica, ni para opinar
ni para investigar".
Como nuestros lectores saben (lea en www.dsalud.com
la entrevista que publicamos con él en el
nº 59 de la revista), la Justicia le reconoció
el derecho a publicar lo que había escrito
de acuerdo a los datos existentes. Y la multinacional
consiguió lo contrario de lo que pretendía:
en lugar de silenciar al investigador sus
maniobras quedaron al descubierto. "Se
presentaron como personas dialogantes pero
no sólo no lo fueron sino que además usaron
el peor estilo posible: la mentira y la deformación,
unidas a las amenazas e intimidaciones. Incluso
tuvieron la vergüenza de hacerme llegar el
mensaje, a través de otras personas relevantes
de Farmaindustria, de que si yo colaboraba
con ellos me darían contratos de investigación".
Normalmente el silencio cubre todo este tipo
de presiones. Es el caso del directivo español
que se atrevió a denunciar que la filial de
una multinacional en nuestro país imponía
a sus gerentes de áreas y visitadores médicos
la práctica de ofrecer a los facultativos
dinero, regalos, viajes, etc., a cambio de
que recetaran sus medicamentos. Los visitadores
llegaban a ofrecer entre 7.500 y 15.000 pesetas
de la época por cada paciente al que recetaban
sus productos obligándose a entregar una ficha
con el nombre, enfermedad sufrida y tratamiento
prescrito. Según el denunciante, la filial
española de la multinacional dedicaba anualmente
400 millones de pesetas a "sobornos". Y, de
hecho, se inició una investigación por el
presunto pago ilegal a médicos... que nunca
llegó a prosperar y acabó archivada en los
juzgados. Las autoridades sanitarias afirmaron
en el Congreso de los Diputados que todo era
correcto. Nada extraño si tenemos en cuenta
que, a la vista de los ejemplos mostrados,
casi nunca los pleitos contra las multinacionales
suelen comenzar en la Administración sanitaria
sino en denuncias personales que raramente
encuentran respaldo político o judicial. En
España al menos, no.
En el caso que nos ocupa la multinacional
contrató a un ex magistrado de la Audiencia
Nacional para defender sus intereses y la
situación terminó por superar las posibilidades
del ex empleado que se encontró sólo. Sorprendentemente,
ningún partido decidió presentarse y apoyarle
ante la Justicia por lo que el denunciante
no llegó a confirmar la denuncia y ante la
inviabilidad de la lucha por no poder hacer
frente a las fianzas solicitadas el caso fue
archivado.
El resultado final fue que a pesar de su experiencia
de más de 20 años como gerente en el sector
farmacéutico, el directivo que se atrevió
a denunciar esas presuntas irregularidades
jamás volvió a trabajar en el sector farmacéutico
donde todas las puertas se le fueron cerrando
una tras otra. Miedo y silencio que aún hoy
prefiere mantener para preservar la precaria
tranquilidad conseguida para su familia.
De los regalos a los médicos podemos añadir
lo ya dicho en el nº 50 de esta misma revista
en un reportaje titulado Regalos culpables
cuyo contenido invito al lector a leer en
nuestra web. Y también algunas interesantes
referencias extraídas del artículo titulado
La cotización actual de los loqueros. Las
grandes compañías farmacéuticas y la compra
de la Psiquiatría, escrito por E. Fuller
Torrey en The American Prospect
(julio del 2002). En él Fuller señala, por
ejemplo, que como quiera que la venta de antipsicóticos
se cuadruplicó en cuatro años hasta superar
los 4.000 millones de dólares los psiquiatras
se han convertido en uno de los principales
blancos promocionales de los laboratorios
calculándose entre 8.000 y 13.000 dólares
por médico y año lo que los laboratorios gastan
en "marketing" sólo en Estados Unidos. Refiriéndose
a su experiencia en el VII Congreso Mundial
de Psiquiatría Biológica, recuerda además
que "existen claras pruebas de que la asistencia
a conferencias como la de Berlín influye en
las prescripciones de los médicos. En un estudio
estadounidense un laboratorio invitó a 10
médicos a asistir a congresos 'con todos los
gastos pagados' en 'playas famosas'. El laboratorio
monitorizó luego las recetas de los dos productos
firmadas por los asistentes 22 meses antes
y 17 después de los simposios. Y aunque los
médicos habían anticipado que asistir a esos
eventos no iba a influir en su patrón de prescripción
la realidad es que recetaron más los dos productos
(un 87% de incremento en uno y un 272% en
el otro). Otros estudios han demostrado que
asistir a cursos organizados por laboratorios
influye en el patrón de prescripción aunque
los médicos lo nieguen. De hecho, si no fuera
así, ¿por qué iban a esponsorizar los laboratorios
estas actividades?".
Lo más grave es que Fuller desvela que la
información recibida por los médicos asistentes
está condicionada por las cantidades cobradas
por los ponentes ya que los honorarios y las
invitaciones futuras dependen de cómo presenten
los resultados ante los asistentes. "En
primer lugar -escribe Fuller-, la atención
a los enfermos es peor si los médicos están
manipulados. A los psiquiatras que quieren
tener una idea apropiada de los medicamentos
para la esquizofrenia no se les informa que
ese ponente que minimiza los efectos secundarios
de 'Zyprexa' recibe de la empresa Eli Lilly
una paga de 10.000 $ y tiene además acciones
de la compañía. Tampoco saben que el ponente
que asegura que 'Remeron' mejora más rápidamente
la depresión en pacientes con ideas de suicidio
recibe 75.000 $ anuales de Organon por apoyar
al laboratorio. En segundo lugar, toda la
parafernalia de los congresos aumenta el coste
de los fármacos. El salario de las intérpretes
de auras o de las bailarinas simplemente se
pasa a los pacientes. El congreso de Berlín
costó a los laboratorios 10 millones de dólares.
Según un informe reciente, en el año 2000
la inversión en marketing y costes administrativos
de los 11 laboratorios de Fortune 500 fue
casi el triple que la realizada en investigación
y desarrollo (30 y 12 %, respectivamente,
sobre beneficios)".
La situación ha llegado hasta tal punto que
la propia patronal de la industria ha tenido
que establecer un código ético sobre los regalos,
pero, ¿por qué van a sentirse ahora los laboratorios
obligados a comportarse de forma ética si
antes existían los mismos inconvenientes éticos?
Las actitudes de ciertos laboratorios y la
pasividad de los médicos para erradicar ese
comportamiento comprometedor permiten albergar
sospechas sobre la verdadera independencia
de investigadores y médicos.
| El
mito: |
Todos
los medicamentos que se autorizan para
la venta son seguros. |
| La
realidad: |
Los
graves efectos secundarios y mortales
de algunos medicamentos pueden tardar
años en verificarse. |
Ensayos que se ocultan, médicos que hablan
de lo que no conocen, disidentes silenciados…
También todo eso forma parte de una realidad
que culmina en la puesta en el mercado de
nuevos medicamentos que supuestamente pasan
todas las exigencias de la ortodoxia médica...
pero que luego tienen que ser retirados al
cabo de unos meses o de unos años cuando se
comprueban sus peligrosos efectos secundarios,
a veces mortales. Existen decenas de ejemplos
en los últimos años.
En febrero pasado, por ejemplo, la Agencia
Española del Medicamento emitió una comunicación
para profesionales de los riesgos sanitarios
del uso de Benzbromarona y Benziodarona,
utilizados para el tratamiento de la hiperuricemia.
"Desde el año 1994 -se decía en esa
nota informativa- a nivel internacional
se han notificado casos de reacciones hepáticas
graves asociadas a la administración de Benzbromarona,
algunos con desenlace morta1, lo que ha motivado
diversos cambios en la información del producto
(ficha técnica y prospecto). A pesar de las
advertencias que se incluyeron en la ficha
técnica y prospecto de la especialidad en
toda Europa han seguido apareciendo casos
de hepatitis con desenlace mortal o que requirieron
transplante lo que ha motivado al laboratorio
farmacéutico a solicitar a la Agencia Española
de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS)
la retirada del mercado de este medicamento
y, como consecuencia, que el Comité de Seguridad
de Medicamentos de Uso Humano de la AEMPS
haya procedido a reevaluar su relación beneficio-riesgo".
Bueno, pues la decisión final después
de la exposición realizada y a pesar de la
petición del propio laboratorio fue suspender
la comercialización de la Benziodarona
¡pero mantener la Benzbromarona!
-bajo estrictas medidas de control- al considerar
que no existen otras alternativas en el mercado.
Increíble pero cierto.
Y este caso no es más que la muestra del goteo
continuo de modificaciones técnicas, cambios
en los prospectos o retiradas del mercado
a nivel español e internacional. Atrás quedan
escándalos de sobra conocidos como el causado
por el Lipobay o el Baycol aunque
probablemente ninguno de ellos alcance la
gravedad de lo denunciado por Thomas Moore
en su libro Medicina mortal. Moore
relata el proceso que permitió durante las
décadas de los 80 y 90 el mantenimiento en
el mercado de ciertos medicamentos contra
la arritmia cardiaca que, según el autor,
llegaron a causar según estimaciones conservadoras
¡más de 50.000 muertos! Pues bien, esos medicamentos
que agudizaban las arritmias cuando supuestamente
debían prevenirlas fueron aprobados por las
autoridades médicas norteamericanas ¡antes
de que existieran investigaciones sobre su
completa seguridad y a pesar de la existencia
de opiniones médicas autorizadas que avisaban
de la peligrosidad de los mismos! El libro
denuncia cómo los médicos que escribieron
los brillantes informes que sirvieron para
promover el medicamento eran los mismos que
habían ayudado a la compañía a desarrollar
los productos... y los mismos que colaboraron
con la FDA para aprobarlos.
Según el informe Ingresos hospitalarios
causados por medicamentos: incidencia, características
y coste elaborado por la Unidad de Investigación
de la Universidad de Salamanca a partir del
análisis de los ingresos en centros médicos
de todo el mundo entre 1990 y el 2001 "la
magnitud de los ingresos hospitalarios motivados
por medicamentos es muy elevada y aproximadamente
la mitad son prevenibles". En Estados
Unidos las reacciones adversas a los fármacos
son la cuarta causa de mortalidad mientras
que en España suponen el 7'9% de los ingresos
hospitalarios. Según algunas cifras, cerca
del 20% de los pacientes ingresados en un
centro hospitalario sufren reacciones adversas
a algún medicamento durante su estancia.
Si en términos sociales el daño real de los
efectos de los medicamentos está todavía por
asumir los datos ofrecidos en el estudio sobre
su impacto económico resulta esclarecedor:
"En términos económicos -se lee en
el informe- cabe citar el estudio de Johnson
y Bootman quienes utilizando un modelo
de coste de enfermedad estimaron que en el
ámbito ambulatorio en Estados Unidos el coste
de la morbilidad y la mortalidad causadas
por los medicamentos suponía 76,6 billones
de dólares en 1994, coste que resultaba similar
al de los medicamentos adquiridos por receta
médica (73 billones de dólares). Es lo que
se ha denominado 'dólar por dólar': por cada
dólar gastado en medicamentos se gasta otro
dólar para tratar las nuevas complicaciones
derivadas de su utilización". Porque ¿con
qué se tratan las complicaciones que causan
los medicamentos? Pues con otros medicamentos.
¡Todo un negocio!
No faltan investigadores que sostienen que
existe una innecesaria prisa por llegar al
mercado con nuevos medicamentos. Examinados
todos los medicamentos autorizados en Estados
Unidos desde 1975 a 1999 para determinar cuáles
recibieron advertencias especiales sobre reacciones
adversas o fueron retirados del mercado, un
estudio del año 2002 revela que de los 548
medicamentos aprobados en ese período 56 habían
recibido nuevas advertencias o tuvieron que
ser retirados del mercado. Y desde 1993 siete
medicamentos aprobados y posteriormente retirados
del mercado habían influido en 1.002 fallecimientos
según los autores del estudio.
"Las compañías farmacéuticas -denunciaba
un estudio publicado en el Journal of the
American Medical Association- anuncian frecuentemente
nuevos medicamentos de forma intensa tanto
a pacientes como a médicos antes de que se
haya determinado el amplio abanico de reacciones
adversas". Según sus datos, cerca de 20
millones de pacientes en Estados Unidos tomaron
al menos uno de los cinco medicamentos que
se retiraron del mercado entre septiembre
de 1997 y septiembre de 1998. "Parte del
problema -asevera el informe- es que los médicos
informan de menos del 10% de las reacciones
adversas a los sistemas de vigilancia gubernamentales
a cargo de esos problemas". Claro que,
¿saben siquiera distinguirlas?
Terminamos. Es obvio que la ambición desmedida
del sector farmacéutico está resquebrajando
rápidamente los pilares de la medicina alopática.
La situación es tan evidente que los mensajes
de denuncia llegan ya de todas partes. Hace
sólo unas semanas, José Luis de la Serna
-director del suplemento de Salud del diario
El Mundo- afirmaba que la mala imagen
actual de las multinacionales "bien ganada",
la tiene "la arrogancia y prepotencia
con la que han actuado y aún actúan". Añadiendo
que, entre otras cosas, ello se debe"al afán
desmesurado de ganancias, la insensibilidad
al hecho de que el cliente final de su producto
es una persona enferma que necesita para vivir
una pastilla, la avaricia del accionista anónimo
incapaz de distinguir que no es lo mismo lo
que se obtiene con la especulación y el barril
de petróleo, por ejemplo, que lo que se gana
curando a los pacientes..." De la Serna
termina diciendo: "Hace falta un cambio
radical (...) No puede ser tan difícil renunciar
a una pequeña parte de los enormes beneficios
que reporta la industria para obtener prestigio,
respeto y credibilidad".
¿O sí?.
Francisco
San Martin
Revistas
especializadas y empresas farmacéuticas: una
alianza incómoda
R. Smith, editor del British Medical
Journal, publicaba hace sólo unos meses
un editorial titulado Revistas especializadas
y empresas farmacéuticas: una alianza incómoda"
que no era sino un capítulo muy resumido
de un libro cuyo título provisional es Los
problemas con las revistas médicas que
espera publicar antes de finalizar el 2004.
Artículo que fue reproducido íntegramente
en castellano por Revista de Neurología.
Y siendo uno de los últimos análisis realizados
sobre este delicado problema es interesante
resaltar alguna de las cosas que tan autorizada
autoridad en la materia escribió. Smith comienza
el mismo preguntándose: "¿Cómo es posible
que se haya llegado a un punto en el que muchos
médicos no asisten a una reunión educativa
a menos que esté acompañada de comida gratis
y una bolsa de 'chucherías'? Algo va mal y
las publicaciones médicas forman parte de
lo que va mal."
Luego, en su propio resumen del artículo,
escribe:
-"Los periódicos gratuitos para médicos
dependen por completo de los ingresos provenientes
de la publicidad farmacéutica pero muchas
revistas también dependen en gran medida de
esta publicidad.
-La publicidad es a menudo engañosa.
-La cobertura editorial es mucho más valiosa
para las empresas farmacéuticas que la publicidad
y los estudios científicos se pueden manipular
para dar resultados favorables a las empresas.
-Muchas revistas especializadas obtienen unos
ingresos sustanciales de los suplementos y
las separatas que pagan las empresas farmacéuticas"
Y concluye: "En cierto sentido, la industria
farmacéutica compra todas las revistas o,
al menos, las usa hábilmente. La industria
domina la asistencia sanitaria y